Sudokus bajo el naranjo 1
Últimos días de abril. El naranjo del patio, corral en lengua llana, está pleno de azahar y me tumbo en la hamaca a su sombra para pasar el rato rellenando sudokus de forma casi automática. Los pétalos de la flor se ciernen sobre mí y mi cuaderno. Lluvia de azahar oloroso que agradezco y espero sea fructífera . En pocos días serán pequeñas naranjas las que se cernirán sobre mí, porque el árbol no las puede cuajar todas. Después vendrán los calores veraniegos, pero yo seguiré tumbándome en la hamaca a la sombra del naranjo para rellenar sudokus y dejar vagar mi mente de uno a otro pensamientos, a su capricho. Yo indolente.
Ahora recuerdo las apreciaciones que en el muro de Cástor “La Ventisca”, se hicieron sobre el número de pensamientos y el silencio. Busqué y leí distintas posiciones filosóficas sobre el pensamiento y el pensar; finalmente recurrí al Ferrater Mora para intentar sintetizar. No sé si merece la pena lo conseguido, pero al menos me entretuve unos días.
Como lo tenía poco claro, me he quedado al final con la posición más simple: El pensamiento es la acción de pensar y es único. A l hablar del número de pensamientos, interpreto que nos referimos al número de objetos, de la índole que sean, a que atiende nuestro pensar. Sé del peligro de las simplificaciones que nos llevan muchas veces a decir obviedades , si no sandeces. Sé que las cosas no deben ser tan sencillas. ¿O sí lo son y nosotros las complicamos por petulancia?. Quizá así el yerro sea menor. Uno no da para más ¡Qué le vamos a hacer ¡
¿Qué puedo decir del silencio? Todos los enfoques que exponíais los hago míos, pues no son contradictorios. Diría el clásico, que todos están muy en razón.
Me acojo a la definición lingüística del ruido como todo aquello que dificulta la comunicación. Me atrevo a aplicar el concepto a nuestro pensamiento, en el sentido de todo lo que distrae nuestra mente de ahondar en el objeto que nos absorbe. Este concepto de ruido subsume el ruido físico, pues no cabe duda de que también dificulta la comunicación; y el ruido de los prejuicios, de mayor entidad, pues dificultan la ecuanimidad de nuestras apreciaciones.
En el corral el silencio es notable, aunque a veces se oye vocear a “la” Damiana (sin artículo no es ella) que riñe con Hermógenes, su marido, quien le contesta en el mismo tono; pero sin ellos, después de cuarenta años, el corral sería otro corral. A pesar de sus voces, no rompen mi silencio.
A mí me gusta el silencio, pero no callar. Me imagino la tortura del monje que ha de estar en silencio para no romper le regla, no como camino hacia la soledad. Creo que esa es la justificación del silencio: LA SOLEDAD.
La soledad no es para mí la falta de compañía, eso es estar solo. Solitario es aquel que le gusta estar solo, y esto es una circunstancia personal. LA SOLEDAD a que me refiero no es la del solitario. Es esa otra soledad espiritual en que se encuentra la persona ensimismada buscando el sentido de la propia existencia. El montañero, en el nevero inmenso, debe sentir una soledad muy parecida a la que me refiero. Desconoce qué va a encontrar al final. Duda cómo y hacia dónde encaminar sus pasos. Ni siquiera sabe si llegará a encontrar algo.
Se puede amar la soledad; pero es terrible esta soledad cuando se busca y no se encuentra el trasmundo, Dios. Sólo se puede mitigar con la esperanza.